El porvenir no me inquietaba. Ya no me importaba calcular si la paz iba a llegar y cuánto duraría. No era que confiara más en la justicia de Dios o en la justicia de los hombres, lo que me intranquilizaba era la fe en la cordura de los hombres. La vida era atroz y lo sabía. Por eso tenía que confiar en la condición humana, en los periodos de felicidad, los progresos parciales, y en los esfuerzos de cambio del hombre. Era prodigioso que un ser humano, formado para la guerra, pudiera llegar a ser el protagonista de la paz.